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Hacia las instituciones occidentales 

 

Entre la caída del Imperio Romano y la erección de su sustituto, el Sacro Imperio carolingio, los monasterios occidentales fungieron a la manera de nodos colonizadores que junto con la Iglesia romana sembraron en Occidente las semillas de una nueva cultura. Luego, con el nuevo Imperio adquieren una matriz institucional que en su evolución van orientando la forma de las instituciones medievales. Surgen por un lado las órdenes militares, las hospitalarias y luego las mendicantes. Por otro lado nacen las cofradías, hermandades, gremios y corporaciones.  En su conjunto darán forma a los establecimientos institucionales de la Alta Edad Media.

 

 

 

 

 

 

 

Figura 9: Las invasiones bárbaras durante el siglo v

Fuente: pais-global.com.ar

 

Los monasterios en la época carolingia

En el plano espiritual el monaquismo fue producto de la crisis que en el plano político y socioeconómico aquejó al Imperio Romano durante su última etapa. Como religión de salvación, el cristianismo representó un refugio para los sectores más vulnerables de la época, los cuales no sólo veían decaer al poder del cual dependían, sino también volverse contra ellos mediante mayores exacciones económicas sumadas al despotismo de los gobernadores militares. Al fin y al cabo, visto en perspectiva política, el reconocimiento y la oficialización de la fe por parte de los últimos emperadores ‒Constantino y Teodosio‒ se inscribieron dentro de una estrategia tendiente a conservar una base social que se les escapaba. Pero la imbricación de la Iglesia con el Imperio produjo de rechazo la contestación de grupos de cristianos que veían expropiado por parte de un poder decadente el escudo espiritual de su fe. Este rechazo se manifestó como una renuncia al mundo.

Tras la caída de Roma la parte occidental del Imperio vivió un proceso de traslación del poder y de las estructuras socioeconómicas desde las minorías romanas hacia las germánicas. Este proceso, que visto en la perspectiva latina se presenta como una barbarización de la vida cultural y espiritual, se acompaña de otro donde las elites romanas se refugian en las posiciones administrativas y judiciales del nuevo poder político, y sobre todo ingresando en la Iglesia, la que al oficializarse se había modelado siguiendo la forma del Imperio.260  En opinión de José Luis Romero, el romanismo, a través de las clases altas trasmutadas en funcionariado, comienza de esta manera a influir sobre los germanos, considerados bárbaros en la perspectiva imperial, pero cristianos muchos de ellos ‒como Alarico al invadir Roma‒, producto de la prédica de monjes y misioneros. Mientras tanto, en la otra mitad del Imperio se produce un retorno de las tradiciones griegas y orientales, que más tarde influirá en la mentalidad occidental a través de monjes y letrados bizantinos. Pero por el momento, para Occidente, Bizancio es ante todo la referencia viva de una ambición: había caído el Imperio pero no el imaginario imperial. Éste subsistía como modelo alimentado por el ejemplo de la parte oriental que no cedía en sus intentos universalistas, tales como el que logra Justiniano en el siglo VI. El imaginario imperial subsistía también en la Iglesia, cuyo apelativo katholikós significa precisamente universal.

“El imperio estaba definitivamente disgregado. Pero la idea de unidad romana subsistía, y con ello muchas otras ideas heredadas del bajo Imperio. La iglesia cristiana se esforzó por conservarlas, y asumió el papel de representante legítimo de una tradición que ahora amaba, a pesar de que antes la había condenado. De ese amor y de las turbias y complejas influencias de las nuevas minorías dominantes, salió esa nueva imagen del mundo que caracterizaría a la temprana Edad Media, continuadora legítima y directa del bajo Imperio.261

pais-global.com.aSerá un pueblo germano, el de los francos, el que logrará en la figura de Carlomagno restaurar el imperio de Occidente, aun si lo hace sin alcanzar el estatuto de su antecedente romano. La saga carolingia comienza con Carlos Martel, quien en 732 logra vencer en Poitiers al avance musulmán que tras conquistar la península ibérica intentaba trascender los Pirineos (figura 11). Su hijo Pipino el Breve es el primero en coronarse como rey de los francos con apoyo del papado, y el hijo de éste, Carlos, es quien reinstaura el estado imperial en Occidente, apodado por lo mismo el Magno. Lo hace al influjo de esa tradición ecuménica, universalista, que se había conservado en la Iglesia Romana; tradición que finalmente se impuso en el campo político, cultural y espiritual con la cristianización del mundo occidental, hecho que se muestra bien en la conservación del idioma latino del que derivan los idiomas nacionales o romances. Durante la temprana Edad Media262 esa cristianización se realizó por la doble vía del apostolado de una iglesia seglar que había asumido contenidos del ascetismo monacal mediante la filosofía de Agustín, Jerónimo y Basilio, y de un monaquismo que por igual medio había abandonado la pasividad contemplativa, asumiendo como tarea el pastorado de la ciudad terrestre. Como lo expresa José Luis Romero, la concepción cristiana de un mundo que debía anticipar en la tierra al trasmundo de la ciudad celeste, “se enseñó pacientemente mediante la predicación, explicándola repetidamente a quienes casi no podían entender el conjunto de abstracciones que suponía”. La acción y el ejemplo de monjes y misioneros grabaron en la conciencia de los pueblos paganos de Occidente los supuestos morales que forjaron la conciencia medieval de un orden donde lo individual se inserta en lo social.263  Orden que se expresa bien en la ecuación monástica que vincula de manera inextricable la conciencia de sí con la conciencia común, comunitaria.

Mientras el cristianismo oriental, pasivo, contemplativo, subsistía en Bizancio con el prestigio y “la fuerza de todas las ortodoxias militantes […] como meta accesible para quienes querían hallar el modo de eludir la agitada realidad social de la época”, en Occidente el sentimiento cristiano derivaba hacia el tipo del catequista, del santo militante, del mártir.264  Es por esta vía que el hombre de religión, el monje, con su apego a las reglas y su contracción al trabajo, llega a impresionar al hombre de guerra de los pueblos germánicos, que a diferencia del romano no estaba en decadencia sino imbuido de afán de conquista. Además, en Occidente, entre el activismo pastoral de monjes y misioneros por un lado, y el activismo de la aristocracia guerrera por el otro, se conforma por la época un tercer espacio constituido por la actividad intelectual. También en él ganan terreno los religiosos cristianos que antes renegaban del mundano devaneo de ideas. Junto a los laicos y paganos de la antigua elite romana, los religiosos retoman el camino agustiniano exhumando en los libros de las bibliotecas y monasterios las ideas de un mundo ‒de un doble mundo a la vez celeste y terrestre‒ que las invasiones habían enterrado. Inserta en las estructuras administrativas de los poderes laicos y eclesiásticos, esa elite intelectual se gana el respeto de las nuevas minorías dominantes gracias a la utilidad que sus conocimientos brindan para las cuestiones prácticas del mundo, tales como la organización del poder y la solución de controversias y litigios, esto último mediante el recurso de la retórica y el Derecho romanos. Es sobre base de lo establecido por pensadores y legisladores monásticos como Casiodoro, Gregorio el Magno, san Agustín y san Isidoro, que el cristianismo ascético gana prestigio en la política, la jurisprudencia y la Iglesia. Es también ese pensamiento el que provee el sustrato teológico con el cual se continúan expandiendo los monasterios y con el que se prepara el movimiento ascético religioso del Renacimiento Carolingio. Si el ímpetu guerrero de los pueblos germánicos había opacado el papel de la fe, su retorno se dará cuando esos tres elementos activos ‒pastorado, milicia, saber‒ se combinen con la amenaza representada por los avances del peligro musulmán, lo cual le da a la religión la oportunidad de forjar la figura del caballero cristiano. La Iglesia cambia.265

 

 

 

 

 

Figura 10: Las invasiones bárbaras durante el siglo v

Fuente: pais-global.com.ar

 

  

 

 

Figura 11: el Imperio Musulmán ‒ siglos vi-viii

Fuente: es. wikipedia.org

 

 

 

 Figura 12: el Imperio Carolingio

Fuente: rolandorios.blogspot.com

 

 La reforma monástica de Aniano

A lo largo de los siglos VII y VIII el monacato continúa su expansión y su fortalecimiento en Occidente. Los monasterios constituyen una suerte de ordenadas colonias de conservación y difusión cultural ‒en el más amplio sentido del término‒ en un clima epocal signado por invasiones y guerras internas entre señores y naciones, todo en ausencia de un poder político central. En este marco, aunque a veces implicados en las contiendas, los monjes se aplican a roturar bosques y a expandir la agricultura en heredades y dominios abaciales.

“…encontraban una marisma, un bosque cerrado, un roquedal, y ellos creaban un Edén en el desierto. Mataban las serpientes, exterminaban gatos salvajes, lobos, jabalíes, osos; hacían huir o convertían a los vagabundos, a los fuera de la ley, a los ladrones […] debemos a los monjes la restauración agraria de una gran parte de Europa”. 266 

Además, al interior de sus abadías, crían ganado, cultivan huertas, fabrican pan, destilan alcoholes, trabajan en sus talleres, ejercen la medicina y enseñan artes y latines a los jóvenes de la nobleza y de la naciente burguesía. Aunque no realicen una tarea misional expresa, los monjes vuelcan su cultura sobre el medio rural y citadino, y se constituyen en una referencia obligada para la solución de problemas prácticos en cuestiones de salud, educación, seguridad, la técnica, el arte, la resolución de conflictos y la organización social, influyendo sobre las también nacientes asociaciones de vecindad (canonías, gremios y cofradías).   

A partir del siglo VI el movimiento monástico había ido configurándose de manera gradual en torno del modelo benedictino. Este proceso que ya había comenzado con Gregorio Magno ‒el primer monje en alcanzar el papado‒ cobra significativo impulso con Carlomagno, quién se apoya en la Iglesia y en los monasterios para lograr su propósito imperial. El modelo benedictino finalmente se institucionaliza con Ludovico Pío, su hijo y sucesor, en gran medida por obra del monje Benito de Aniano que logra en el concilio de Aquisgrán de 817 la sanción del Codex Regularum donde se impone como modelo obligatorio la regla de san Benito, el de Nursia, contando para ello con el apoyo del influyente monasterio de Cluny. De esta manera se produce un creciente retorno al encierro y el ascetismo del monaquismo de los primeros siglos.267   

En opinión de los investigadores argentinos Zurutuza y Botalla, cuando la política carolingia recupera la Regula benedicta lo hace con el fin de “controlar la extensa red monástica que cubre el imperio”, pero también con fines de resocialización. Con el impulso que se le da a la regla desde el poder político se promueve a la vez la actividad copista y la cultura letrada que no dejará de expandirse fuera de los muros.  En los conventos, la Regla y los libros santos constituyen lecturas obligadas, lo cual impulsa la escritura debido a la necesidad de contar con copias que nunca son suficientes. Esta relación con la letra tiene en sí un efecto ordenador y de disciplinamiento, “pero también permite irradiar esas formas de organización fuera de ese mismo grupo hacia otros miembros de la orden y hacia el espacio exterior al monasterio”.  Un paso más allá, en las reformas carolingias la restauración y promoción de leges  y regualae se acompaña de una política expresa de impulso a la enseñanza de la lectoescritura:

“A fines del siglo VIII Carlomagno en la Epístola de Litteris Colendis afirmaba […] conveniente que los obispados y monasterios que […] debían también aplicar su celo al estudio de las letras y enseñarlas a quienes pudieran aprenderlas, de acuerdo con su capacidad individual y destacaba que mientras la observancia de la Regula sustentaba la honestidad de las costumbres, el deseo de aprender y enseñar pondría orden en el lenguaje”.268 

El caso de la abadía de Sankt Gallen

En el siglo VII el monje irlandés Gallus*, que acompañaba a san Colombano en sus misiones, se retira como ermitaño a un bosque en el alto valle de Steinbach siguiendo la institución irlandesa de la xenotheia que obligaba a expatriarse de por vida.  Construye una celda de madera y un oratorio alrededor de los cuales se reúne un grupo de discípulos. A su muerte la congregación se disgrega y el lugar permanece como destino de peregrinaciones, hasta que en el siglo siguiente el monje Otmar decide fundar en el lugar un monasterio consagrado a Gallus (Galo o Gallen). En su evolución la fundación se replica en varias sedes en tierra germánica. Durante la primera época son numerosas las disputas de la Orden con el obispado por cuestiones de poder, y los procesos contra Otmar se suceden hasta que muere en prisión. Esos conflictos, motivados en mayor parte por la captación de legados a la abadía en detrimento de la Iglesia, derivan finalmente en su subsunción a la égida del obispado. Luego, en el marco de las reformas carolingias del siglo IX el monasterio adopta la regla benedicta y logra del Imperio su autonomía respecto de la Iglesia, lo cual le facilita un floreciente despegue económico y cultural que se manifiesta en su scriptorium donde trabajan cien amanuenses y en una escuela de artes que forma poetas y cantores. Con el correr del tiempo la abadía se constituye en un Estado abacial integrante de la Confederación Suiza, con ejército propio, para finalizar como cantón democrático tras la caída del régimen monárquico.   

La Reforma y el plano de Sankt Gallen

La Reforma de Aniano supuso también la promoción de un modelo tipificado de organización espacial de las abadías, coincidente con la recuperación y difusión de las técnicas romanas de construcción en piedra, que en la región de la actual Europa habían dejado de usarse luego de la caída del Imperio Romano y que ahora recibe la denominación de románico. La combinación de una planta tipificada y un nuevo estilo arquitectónico colabora en la institucionalización de un modo de vida que ya no será solo monacal, sino propio de las organizaciones sociales occidentales.269  Un documento de la época, el Plano de la Abadía de Sankt Gallen, da muestra del tipo de ordenamiento espacial promovido por las reformas carolingias. En opinión del investigador mexicano Chanfón Olmos, el plano en cuestión es en rigor un esquema, un “programa arquitectónico donde están las necesidades que debe satisfacer el monasterio”, al tiempo de ser una suerte de guía gráfica sobre el tipo de funcionamiento que se espera de ellos según lo discutido durante los dos sínodos de Aquisgrán (816 y 817). El autor divide al plano en cuatro áreas donde los espacios se plasman siguiendo un esquema que va del centro a la periferia según sean sus funciones más íntimas o más públicas, de contenido litúrgico o bien socioeconómico. La primera área (1 en la figura 13) comprende el núcleo básico: el templo alargado con accesos diferenciados para los nobles y los pobres, un espacio para la recepción de visitantes, más la sacristía. Sobre uno de los laterales del templo se encuentran el claustro ‒patio cerrado‒, las dependencias destinadas a refectorio, ropería y bodega, así como la taberna y cervecería internas. Sobre el otro lateral se sitúan las celdas principales correspondientes al abad, al director de la escuela externa y al monje portero, así como las destinadas a los monjes visitantes. El núcleo principal se completa con la biblioteca y el scriptorium situados tras el ábside del templo en consonancia con la importancia que se les adjudica. La segunda área comprende los espacios destinados a actividades preparatorias y de apoyo al oficio monacal: el noviciado, más el hospital con su sala de sangrado terapéutico, la casa de los médicos y la huerta de hierbas medicinales. En la tercera área se sitúan las dependencias que mantienen contacto con el afuera: la escuela para jóvenes externos, la casa del abad y las reservadas a los huéspedes de alcurnia, con alojamiento separado para su séquito, más la destinada a hospedar a los peregrinos pobres. Finalmente, en la cuarta área se observan los espacios destinados a asegurar la subsistencia de la comunidad interna: granja, huerto, establos, corrales, granero, molino, talleres de manufacturas y depósitos.

 

 

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FIGURA 13: Plano de la Abadía de Sankt Gallen confeccionado en el siglo IX

FUENTE: Chanfón, C., “El Plano de Sankt Gallen”, Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, 78.


CUADRO DE LA FIGURA 1

Áreas funcionales del monasterio de Sankt Gallen

1.- NÚCLEO BÁSICO

2.- INTERNOS

3.- EXTERNOS

4.- SERVICIOS

1.1 Templo

2.1 Sala de sangrado

3.1 Casa de peregrinos pobres

4.1 Huerto y cementerio

1.2 Recepción

2.2 Casa de médicos

3.2 Siervos séquito real

4.2 Gansos

1.3 Acceso nobles

2.3 Plantas medicinales

3.3 Casa séquito real

4.3 Casa del guarda aves

1.4 Celda portero

2.4 Hospital

3.4 Cocina y cervecería monjes visitantes

4.4 Casa de jardinero

1.5 Celda director escuela

2.5 Noviciado

3.5 Casa de huéspedes nobles

4.5 Gallinas

1.6 Celdas monjes visitantes

2.6 Huerto de frutales

3.6 Escuela exterior

4.6 Granero

1.7 Biblioteca y Scriptorium

2.7 Cocina y baños

3.7 Casa del Abad

4.7 Taller artesanos

1.8 Sacristía y ornamentos

2.8 Cocina y baños

3.8 Cocina, cilla y baño del abad

4.8 Casa artesanos

1.9 Preparación hostias y óleos

 

 

4.9 Molino

1.10 Letrinas monjes

 

 

4.10 Procesos

1.11 Baños monjes

 

 

4.11 Caldera cervecería

1.12 Claustro

 

 

4.12 Establo caballos y bueyes

1.13 Refectorio, ropería

 

 

4.13 Vacas

1.14 Taberna y cervecería monjes

 

 

4.14 Yeguas preñadas

1.15 Cocina monjes

 

 

4.15 Cerdos

1.16 Bodega y cilla

 

 

4.16 Cabras

1.17 Acceso pobres

 

 

4.17 Ovejas

 

 

 

4.18 Taberna y cervecería

 

 

 

4.19 Toneles y granos de cervecería

 

Figura 14: monasterio medieval típico de la época carolingia

Fuente: historiaeuropa.wordpress.com

 

historiaeuropa.wordpress.com historiaeuropa.wordpress.com historiaeuropa.wordpress.com historiaeuropa.wordpress.com

Cofradías, fraternidades y corporaciones

No cabe desplegar aquí la historia social de las comunidades cristianas que desde los orígenes se mantuvieron mancomunadas aunque sin retirarse del mundo. De manera similar a los adeptos a las religiones de los Misterios y otros cultos griegos ‒y quizás en continuidad con ellos‒ hubo fraternidades cristianas reunidas en torno de la fe, sumando a ello el cumplimiento de misiones específicas. Es el caso de los lecticarii que se ocupaban de enterrar a los muertos, y de los parabolani en el Bizancio del siglo IV dedicados al cuidado de enfermos. Ambas comunidades llevaban una vida austera consagrada a Dios, pero sin recluirse como los monjes. En términos generales estas fraternidades existieron en el Imperio Oriental entre los siglos IV y VIII. Pero en el Medioevo occidental surgen nuevas fraternidades de cristianos laicos con un estatuto diferente. Aunque también ligadas a la Iglesia seglar, por lo común están vinculadas con las órdenes monásticas, en particular con la de san Benito, lo cual les da mayor libertad de movimientos respecto de la autoridad episcopal. Puede decirse que en general las cofradías nacen al influjo de los monasterios, pasando luego a quedar bajo el manto de la Iglesia seglar, para más tarde cobrar autonomía quedando en manos de los propios laicos.270  Otras, como la Orden Hospitalaria de san Antonio, nacida como fraternidad para la cura de los enfermos de la peste en torno del monasterio de Montmajour, terminan luego constituyéndose como órdenes autónomas.   

El estatuto de estas asociaciones es variado; las hay del tipo piadoso orientadas ante todo a la promoción del culto; de caridad u hospitalarias destinadas a atender las necesidades de pobres, enfermos, peregrinos y moribundos; penitenciales o de flagelantes, sobre todo en los reinos de España; de mantenimiento de la paz para garantizar la concordia entre príncipes y señores; militares como las de los cruzados; y gremiales como las corporaciones surgidas en torno a un mismo oficio u ocupación.271 En los gremios se observa clara la impronta monástica, pues son asociaciones obligatorias, cerradas y jerarquizadas, que se aseguran el monopolio del oficio que realizan y establecen sus propias reglas u ordenanzas ‒sus instituciones‒ relativas a la práctica del buen arte, al aprendizaje del oficio y a la promoción de sus miembros dentro de la escala laboral. Durante la Alta Edad Media casi toda la población cristiana  pertenece a alguna cofradía. Con el surgimiento de las órdenes mendicantes ‒franciscanos y dominicos‒ en el marco de un retorno de la espiritualidad ascética, la relación entre estas hermandades y los monasterios se ve de nuevo fortalecida. Más tarde, en el contexto de la Contrarreforma las cofradías se ven renovadas como parte de una estrategia de la Iglesia orientada a la defensa y promoción del dogma católico. En el caso del reino de España su vigencia se mantiene hasta bien entrado el siglo XVIII.  Según un informe presentado en 1775 al Consejo de Castilla, hay en el reino veinticinco mil cofradías que aglutinan a la mayor parte de la población. 272   Foucault destaca la función de organización y disciplina social que a partir de la Contrarreforma desempeñan los distintos grupos religiosos y asociaciones de beneficencia, a la manera “de focos de control diseminados en la sociedad”:

“…se multiplicaron las iniciativas de este tipo; tenían objetivos religiosos (la conversión y la moralización), económicos (el socorro y la incitación al trabajo), o políticos (se trataba de luchar contra el descontento o la agitación)”.

Cita como ejemplo de disciplinamiento los reglamentos de las compañías de caridad surgidas en torno de las parroquias parisinas.273  La progresiva desaparición de estas organizaciones sociales se deberá a la intervención del Estado en el marco de un aumento del poder centralizador y de un proceso de asunción estatal de muchos de los papeles que ellas cumplían.

Los orígenes del movimiento canónico

Durante el imperio carolingio se reordena la vida monástica. Pero también la clerecía seglar es objeto de reformas para aproximarla a una vida semejante a la monacal ‒excepción hecha del retiro del mundo‒ de modo de corregir licencias y descarríos. Es lo que ocurre con los canónicos, quienes sin ser monjes, “eran célibes, comían a una misma mesa, dormían bajo un mismo techo, recitaban juntos las horas litúrgicas y ponían en común sus bienes”, Con lo cual su estatuto se confunde con el de quienes como los monjes “sufrían el influjo de la espiritualidad y de la legislación”. Pero la professio canonica carece de instituciones propias hasta que en el 816 queda comprendida entre las reformas impulsadas por Benito de Aniano, establecidas en el concilio de Aquisgrán. La institutio canonicorum que en la ocasión se sanciona se constituye en gran parte con textos de legisladores monásticos como Jerónimo, Agustín, Gregorio Magno e Isidoro. Para las cuestiones prácticas se asume la Regla de Crodegango inspirada en la de san Benito y escrita hacia el año 755 para el clero seglar de la diócesis de Metz.274  Un movimiento similar realiza en 960 Adalberón ‒el obispo que diera lucimiento intelectual a la diócesis de Reims‒ al establecer que los canónigos que viven solos deben hacerlo en comunidad, en un claustro al lado de la catedral, con refectorio común, regla de silencio, etc., “y para que nadie, por ignorancia, no deje algo sin hacer, se les agregaba la recitación cotidiana de la regla de san Agustín”.275   La regularización de clérigos y canónigos supone la transferencia de las instituciones regulares, monacales, al medio seglar en mérito a su eficacia en la regimentación de la vida.     

La recuperación monástica a partir del Año Mil

Si durante la época carolingia la iglesia episcopal había ganado poder político en detrimento de las órdenes, gracias a la implicación de su jerarquía en las cuestiones de gobierno, luego de la caída del Imperio, “el Año Mil es bien, de nuevo, el tiempo de los monjes”. Agrega Duby que los monasterios de Occidente viven un proceso de recuperación “que renueva sus ruinas, restaura la regularidad, refuerza su acción salvadora y hace fluir hacia ellos las limosnas”. El nuevo milenio ve adelgazar la contabilidad de los obispos mientras engorda la de los monjes, lo cual se expresa en que “los grandes monumentos del arte románico fueron abaciales y no las catedrales. Casi todo lo que podemos entrever de ese tiempo, lo percibimos por los ojos de los monjes”. Este renacimiento se explica porque las abadías estaban

“mejor adaptadas al marco claramente rural de la vida material, mejor dispuestas a responder a las exigencias de la piedad laica, porque custodiaban las reliquias, por sus necrópolis adyacentes, porque en ellas se rezaba a lo largo de todo el día por los vivos y los muertos, porque en ellas se recibía a los niños nobles y porque los viejos señores iban ahí a retirarse para morir”.276 

Sobre este mundo cristiano del Año Mil campean además las profecías apocalípticas del fin de los tiempos. Se trata sin duda de un impasse agustiniano: la proximidad del final del milenio se vive como el momento del pasaje de la ciudad terrestre a la celeste. Los ritos de purificación se actualizan y se vuelven colectivos al ser propuestos al común del pueblo reunido al aire libre en asamblea (ekklesía). En consecuencia los monjes vuelcan sobre las multitudes temerosas el santo remedio de la vida pura.

“[La] generalización de las prácticas penitenciales, de las prohibiciones y los renunciamientos fue el principal objeto de las grandes asambleas […] que en la vecindad de las ciudades, demasiado estrechas para contenerlos a todos, reunieron entonces a los prelados, a los grandes y a las masas populares alrededor de las reliquias. Se trataba de hacer observar para todos, cualquiera fuera el orden social al que pertenecían, las reglas de vida que hasta entonces no se seguían más que en los claustros, por los monjes, por los especialistas de las maceraciones y de la abstinencia. Privarse todos juntos, renunciar a los placeres que nos llevan a comer carne, a hacer el amor, a manipular el oro, a combatir: era el medio para el pueblo de Dios de conjurar la venganza divina, de hacer en lo inmediato recular las plagas, y de prepararse para el día de cólera”.277

Se trata entonces de un momento crucial para el movimiento monástico que ve mejor que nunca la oportunidad de derramar sobre el mundo un modo de vida trabajosa y pacientemente elaborado en los alambiques del reino de Dios que son sus abadías. Para Duby hay que saber ver el origen del teatro europeo en las representaciones litúrgicas que en esta época realizan los monjes durante la Semana Santa, en una suerte de diálogo con los laicos haciendo visibles a todos los dramas de la Pasión.278  Otro producto no desdeñable desde el punto de vista socio-político de este momento es la instauración de la paz de Dios que logra la religión, superando con ello la capacidad de los monarcas para garantizar la convivencia pacífica. Se la logra mediante el juramento ante las reliquias sagradas de los señores de la guerra ‒los nobles caballeros bellatores‒, comprometiéndose a suspender la violencia y respetar vidas y haciendas de las clases desarmadas, los oratores y laboratores. La paz de Dios se sigue con la tregua de Dios propuesta como la forma de ascesis más adecuada a la condición nobiliaria de los señores, consistente en abstenerse de toda violencia durante los períodos santos del calendario litúrgico.279  La Iglesia garantiza una seguridad pública que la monarquía no logra.

El mismo clima social de “retorno a la vida evangélica, a la vida primitiva de la iglesia […] vita vere apostolica”, se continúa a finales del siglo XI y principios del XII, impulsado por algunos monjes, pero ahora dirigido a los propios claustros, pues la recuperación milenarista había elevado demasiado a las instituciones monásticas. Religiosos como san Pedro Damián, a la vez clérigo y monje benedictino, monjes mostenses como Norberto de Xanten y Hugo de Fosses, más otros de la orden del Císter, reclaman un retorno a la pobreza. No se puede orar con devoción al tiempo que se contabilizan rentas extraídas del trabajo de los siervos del dominio abacial. Se reclama en consecuencia un retorno a los ideales de la vida eremítica y al trabajo manual realizado en común. Aunque todavía persiste la tendencia solitaria, renovada con el milenio, sobre todo en Italia por influencia griega, aquello que se preconiza luego del Año Mil es un retorno a los ideales consagrados en la regla benedicta.280  Al igual que el primitivo eremitismo, el que ahora emerge se encauza rápido hacia la vida comunitaria y misional.       

Al finalizar el primer siglo del milenio surgen nuevas órdenes monásticas que intentan continuar la tradición ascética. En Limoges, de Muret funda en 1074 la orden de Grandmont bajo inspiración del eremitismo itálico, inaugurando además una solución de compromiso para conciliar la pobreza con la sustentabilidad económica: se incorpora a hermanos legos o conversos que “habiendo recibido las órdenes menores, aseguraban la explotación material y la administración financiera de la orden”. Una década más tarde, Bruno, maestrescuela de la Iglesia de Reims, funda la comunidad de la Gran Cartuja en los Alpes, para luego recluirse como ermitaño en Calabria.281  Entre otras órdenes que también ven la luz se destaca la del Císter creada en 1098 en las cercanías de Dijon, que se reproduce rápido dando lugar a quinientas treinta abadías en el lapso de un siglo, a la vez que influyendo en la Iglesia seglar con catorce cardenales y setentaicinco obispos durante el mismo período.

Nuevas órdenes monásticas

De esta manera se recuperan los principios ascéticos de la primitivae ecclesiae y cobra fuerza el movimiento canónico, compuesto, además de los canónigos seglares, por laicos y monjes solitarios que no creen encontrar en los poderosos monasterios de ahora la forma de vida de aquel cristianismo de entonces. Se reproduce así un retorno a la renuncia de la propiedad privada y a la formación de comunidades regidas por reglas, principalmente la de san Agustín. Pero como se vio, a diferencia de los primeros monjes, los canónicos no rechazan la ciudad sino que hacen de ella el campo de su prédica. Los principios monásticos se vuelcan sobre el mundo en un nuevo movimiento de la mano de religiosos que poseen mayor contacto con la ciudad terrestre, pues a ella  pertenecen. El movimiento canónico tiene fuerte impacto en los burgos, entre artesanos y mercaderes, así como entre los estudiantes, en su mayoría clérigos de las escuelas obispales que darán forma a las universidades. Pero también se hace presente en las zonas rurales. Surgen  los canónicos de San Víctor en París y los mostenses en el bosque de Coucy, quienes a poco de andar adoptan las instituciones de los cistercienses. Estas nuevas comunidades desempeñan un papel importante en la fundación de hospitales albergues en apoyo a las peregrinaciones, de los que se benefician también las gentes trashumantes. Puede decirse que en esta etapa el monaquismo renace por fuera de los monasterios, devenidos en señoríos feudales. Es el período que se conoce como reforma gregoriana. El futuro papa Gregorio VII denunció en el Concilio de Letrán de 1059 “la decadencia de la vida canonical, que él achacaba a la regla de Aquisgrán”, por sus contradicciones internas, su tolerancia de la propiedad privada y su permisividad respecto de las comidas.282  La institutio canonicorum de Aquisgrán parece insuficiente y en consecuencia se recupera la regula de san Agustín con su orientación hacia la renuncia a la propiedad privada y el fortalecimiento de la vida comunitaria.

El auge del movimiento canónico se continúa en el último tercio del siglo XI con la aparición de nuevas reglas orientadas a una vida común más perfecta y con apoyo en el ascetismo de la vida religiosa. En las décadas siguientes surgen numerosas fundaciones de canónigos regulares en Francia, Italia, Bélgica, España, Portugal e Inglaterra, muchas de ellas en relación de dependencia con congregaciones preexistentes o bien recibiendo el impulso o la inspiración de esas órdenes. “Otras veces su implantación dividió a las comunidades y dio origen a discrepancias, tensiones y rivalidades que conmovieron profundamente el mundo clerical”. Los religiosos reformistas acentuaron los elementos ascéticos, y al convertirse en regulares aflojaron sus vínculos con la iglesia local, acercándose cada día más al modelo monástico. A partir del papado de Inocencio II (1130-1142) la regla de san Agustín pasa a ser la obligada para toda comunidad de canónigos. Siempre en opinión de Martínez Cuesta, durante la Baja Edad Media hay alrededor de dos mil quinientas casas de canónigos regulares en todo el territorio europeo, dentro de las cuales se encuentran las nuevas congregaciones “dedicadas al servicio de los enfermos, a la redención de cautivos o a la predicación”.283  Estas cofradías religioso-benéficas agrupan además a los trabajadores que desempeñaban un mismo oficio, lo cual a poco andar derivará en la conformación de las cofradías gremiales, la cuales compartían con las parroquias la tarea de proteger a los vecinos y rendir culto a Dios.

Las cruzadas

El período que media entre el siglo X y el XIII es quizás el de mayor florecimiento para los monasterios, los cuales pasan a constituirse en centros de influencia de la cultura europea tanto en el plano intelectual como en el religioso, político, administrativo y arquitectónico. En coincidencia con un auge en la construcción, sobre todo la monumental, se reforman los monasterios de Cluny, el Císter, Clairvaux, la Gran Cartuja (Chartreuse), la Grande-Trappe y Prémontré, mostrando una tendencia a abandonar el estilo románico para pasar al gótico. El movimiento de las cruzadas no es ajeno a todo esto. Pues para recuperar posiciones tras la desintegración del imperio carolingio la Iglesia como estrategia hace coincidir sus ideales con los políticos. Esto le implicó a la fe “superar su heroísmo contemplativo, conciliándolo con el activismo” heroico instalado como virtud en una época donde “la espada es el signo del caballero y el combate su única justificación”.284  De manera paradojal el papado realiza esta ecuación con apoyo en el predicamento ganado en las clases sociales excluidas de la profesión militar. Para los pobres, campesinos, artesanos y comerciantes que no participaban de la exaltación bélica las guerras implicaban una obligación debida a los señores, con sus consecuencias de pérdida de vidas y bienes e interrupción de la prosperidad y los negocios. Para estas clases la Iglesia representaba la ilusión de un mundo mejor ante la dura cotidianeidad que les tocaba vivir. Como lo expresa Romero, “fueron las clases humildes las que conservaron y alimentaron el sentimiento cristiano, irradiado desde los monasterios sobre todo, en los que la caridad encontraba el último reducto”.285  La gran oportunidad para incrementar su presencia y ganarse los estamentos más altos se le presenta a la Iglesia con las invasiones musulmanas al Imperio Oriental. Con el argumento de defender a la fe del asedio musulmán el papa Urbano II convoca a las cruzadas. De manera paradojal pero consecuente con su base de sustentación social que no se beneficiaba de la guerra, la primera respuesta surge del pueblo bajo, soliviantado por personajes como Pedro el Ermitaño ‒monje solitario y ex-soldado, se presume‒ que logra reunir una masa popular que incauta se encamina en peregrinación guerrera empuñando herramientas de trabajo hacia una muerte poco heroica a manos turcas en Tierra Santa. Enseguida se suceden las cruzadas a cargo de los caballeros nobles, que si no dejaron como balance final un saldo militar positivo, modificaron si la moral occidental impulsando transformaciones institucionales sustantivas a lo largo de los dos siglos que duraron (XI‒ XIII). El carácter calculado de la convocatoria del papado se revela en el hecho que la fe musulmana ya reinaba desde centurias en la península ibérica: la urgencia para combatirlos no parecía tanta. También se muestra ese carácter en la utilización política que se hace de las cruzadas cuando se las dirige contra grupos disidentes dentro del propio campo cristiano, tal como fue la cruzada contra los cátaros del sur de Francia, quienes al igual que otros grupos propiciaban “el retorno a la verdad pura y simple del evangelio”.286  En más de un aspecto los ejércitos cruzados fueron una suerte de brazo armado de la política papal.  Pero lo que aquí interesa señalar como lo hace Georges Duby, es que las cruzadas se inscriben bien dentro del proyecto agustiniano de conquista de la ciudad terrestre para realizar en ella la celeste. Lo que antes se hacía en el monasterio y en la iglesia, ahora se hace en el mundo. De esta manera, un cristianismo de antes sometido a un Dios ausente y terrible, adquiere ahora una faz humana preocupada por las cosas del mundo.287  Para José Luis Romero el espíritu de cruzada, que “campeó como un elemento director de la conducta durante el XII y el XIII”, supuso “la elaboración de la leyenda épica” en la cual el sentimiento heroico del primer monaquismo, ya subordinado a la institución, se puso al trabajo consiguiendo que el heroísmo guerrero se sometiera al de la fe.288  Si el monaquismo primitivo se había valido de las metáforas militares para apoyar sus prácticas de entrega y mortificación, ahora devuelve su producto al medio. La implicación entre ambas instituciones queda de aquí en más sellada dando lugar al surgimiento de las órdenes militares.

Las órdenes militares

En el marco de las cruzadas, las órdenes militares incidieron en la conformación del mapa político del mundo de la Edad Media, tanto en Oriente como Occidente. Los Templarios ‒Los pobres Soldados de Cristo del Templo de Salomón‒ nacen en Jerusalén al impulso de un grupo de caballeros franceses, en 1118, con el objeto expreso de proteger a los peregrinos que viajan a los lugares santos. Una década más tarde obtienen de la Iglesia de Roma su reconocimiento como Orden religiosa y de caballería. Adoptan una regla monástica inspirada en la cisterciense, con votos de obediencia, castidad y pobreza. Dos siglos más tarde la Orden es perseguida por el papado en virtud de su poder y autonomía, los bienes le son confiscados y su Gran Maestre es muerto en la hoguera. Por su parte, la Orden de Malta ‒en rigor, de “San Juan de Jerusalén”‒ surge por la misma época a partir de un hospital en Palestina destinado asistir a los peregrinos y enfermos de los territorios conquistados. De aquí que sus caballeros sean denominados los “Hospitalarios”. La Orden se conforma como institución religiosa, con votos de obediencia, pobreza y castidad. Cuando los cruzados pierden Jerusalén, la institución tiene sucesivos traslados para finalmente afincar en 1530 en la isla de Malta.289

En el caso ibérico, en la medida en que los reinos hispánicos se aúnan, las órdenes se constituyen como fuerza religiosa militar para la Reconquista, originando una nueva nobleza que gana fama través de la literatura y el arte. La Orden de Santiago surge alrededor del 1100 cuando caballeros “poderosos y establecidos” se suman al hospital de San Marcos que los canónicos de San Loyo tenían en León ‒destinado al albergue de los peregrinos del camino de Santiago‒ para fundar una institución militar con el objeto de combatir contra los moros en la península. Los caballeros asumen votos monásticos, aunque más tarde obtienen por bula papal el permiso de casamiento.290  La de Calatrava lo hace en 1158 cuando los monjes cistercienses de Santa María de Fitero participan de la defensa de la ciudad, constituyéndose tras el triunfo como institución religiosa-militar. Se conforma con dos membrecías distintas, cumpliendo ambas con “votos de profesión militar y religiosa”, así como de castidad. Sus miembros no contraen matrimonio ni testan sus bienes, aunque luego los laicos de la Orden obtienen por bula papal el permiso de casamiento.  A su vez la de Montesa se crea en 1316 para la defensa de Aragón, cuando “la Santidad de Juan XXII […] concedió facultad de instituir una nueva religión para la defensa de aquel reino, dotándola con los bienes de los templarios que estaban secuestrados”.291  En los reinos de España el gobierno de cada orden recae en un Maestre asistido por un Consejo. Ejercen su mandato en nombre del rey, y además de las competencias militares cumplen en su territorio funciones de justicia. El proceso de centralización política de la península lleva luego a incorporar a los maestres a la Corona, pues “poseen muchas ciudades y castillos […] y si los dichos maestres en algún tiempo se opusieran al Rey, vendría a servir su fundación de grandes escándalos y daños para los dichos Reinos”. Más tarde, durante el reinado de Fernando V, el papa Inocencio VIII concede a la Corona la administración de las órdenes, para lo cual se forma un Consejo Real con integrantes de cada una de ellas, para el gobierno de todas.292

Las órdenes mendicantes

Pero en los inicios del siglo XIII decae el paradigma benedictino y adquieren relevancia las órdenes mendicantes del Mediodía europeo. En las penínsulas hispánica e itálica emerge de nuevo un modo radical de vida ascética bajo la forma del monje mendicante que lejos de vivir recluido hace de la predicación itinerante su officium, sustentándose de la limosna pública. Su aparición está llamada teñir de un nuevo color a la religiosidad en la Baja Edad Media, estableciendo un clima social que le dará su tono a la Modernidad pastoral de la que habla Foucault. A diferencia del carácter más o menos hermético del monasterio medieval, los mendicantes se dirigen de manera franca a la población, al tiempo que dirigen a ésta hacia las puertas de sus conventos. La imagen del monasterio típico, con una sola puerta de entrada destinada a los propios, que solo por excepción se abría a terceros, se altera para dar paso a unos establecimientos donde el pueblo entra y sale para educarse, curarse, hospedarse y evangelizarse. En consecuencia, su claustro único tiende a dividirse en claustros específicos destinados a funciones y a poblaciones también específicas. Su nuevo carácter semipúblico se acompaña del establecimiento de conventos en la propia ciudad, o mejor dicho en sus inmediaciones, pues en rigor su ubicación fue de inicio suburbana por requerimiento de las órdenes establecidas y de los poderes episcopales y civiles que no querían ver estropeado el orden urbano del cual sus propios edificios eran referencias obligadas. Sin embargo, según deja ver el investigador Serrano Estrella, a lo largo de la Edad Moderna se asistirá a un proceso de gain setting en el cual las nuevas órdenes se adentran en la urbe en busca de una mayor prosperidad.293  En más de un aspecto, tal vez su mejor expresión hayan sido las reducciones jesuíticas en América, destinadas no ya a encerrar a los monjes ‒que viajan por todo el mundo‒ sino a las poblaciones.  

Las órdenes mendicantes ajustaron el modelo arquitectónico del monasterio medieval típico, desechando lo superfluo y tendiendo a una configuración de los espacios a la medida de los hombres y de las funciones a cumplir. Mucho de esto se hizo como resultado de la aplicación de las Instrucciones de Borromeo (1538-1584), quien como Secretario de Estado del Vaticano se encargó de dar forma a lo estipulado en el  Concilio de Trento de 1545. De ello derivó un monasterio más funcional, con una arquitectura más armónica, en la que desaparece esa extensión desarreglada, hecha por adición de espacios, propia del modelo medieval. Esos conjuntos monásticos eran asimétricos, compuestos a partir de dos elementos diferentes que debían reunirse: la iglesia y el claustro. Este último se ubicaba a un costado de la iglesia y sobre él confluían por agregación y de manera variable las dependencias monacales básicas.294

 

 

 


Figura 15: Esquema monástico tradicional

fuente: Cuadra Blanco, El Escorial y el Templo de Salomón, op. cit.

 

El ajuste que produce el moderno monasterio mendicante es una organización basada en el sistema de claustros. Como lo explica de la Cuadra Blanco, se trata de un método compositivo como consecuencia de la apertura del monasterio a funciones públicas. Luego, cuando se edifiquen los hospitales modernos se alterará el antiguo sistema de claustros y patios para dar lugar a los pabellones lineales ligados a un eje central. La innovación del sistema de claustros se observa por ejemplo en El Escorial ‒el último de los palacios-monasterios españoles‒ construido en el siglo XVI, que cuenta además con colegio y la biblioteca. En él, la división en claustros responde a la necesidad de separar ‒y a la vez articular‒ la intimidad del palacio, la del convento y las actividades semipúblicas del colegio, la biblioteca y la iglesia.295             

                

Figura 16: Planta funcional de monasterio con agregado de palacio real e instituciones

(El Escorial) 

fuente: Cuadra Blanco, El Escorial y el Templo de Salomón, op. cit.

 

 


Figura 17: monasterio con palacio e instituciones

(Escorial)

fuente: Cuadra Blanco, El Escorial y el Templo de Salomón, op. cit.

 

Interesa señalar estas transformaciones en la planta monástica por cuanto su resultado dará forma a la matriz de varias instituciones de la Modernidad. A parte de la tendencia a división en claustros, en los nuevos conventos el templo sufre una transformación significativa. Al no estar ya destinado a la recoleta comunidad  interna y a la nobleza visitante, sino al pueblo en general o pueblo de Dios que ahora constituye la nueva ecclesia, el templo se amplía y se le agrega el púlpito, pues en él ahora se predica. Su nave majestuosa está además llamada a impresionar a las multitudes con sus efectos de luz, imágenes y sonido. Por delante sobresale el altar mayor y por detrás se eleva el coro. La vinculación más directa con la sociedad de su tiempo se refleja también en la existencia de capillas y enterramientos destinados a los laicos.296  Finalmente, una transformación del monasterio en apariencia paradójica es la sustitución de los dormitorios comunes del período altomedieval por las celdas individuales donde sí rige la clausura y el silencio, pero ahora destinadas no al ascetismo mortificante, sino a la formación intelectual y al perfeccionamiento profesional de los monjes con miras a su volcado al mundo.297  La recuperación de la celda individual es el contrapeso de la apertura del claustro. En ella el monje se recupera como monje sin confundirse con el mundo, el cual no es su medio sino su objeto. De estas órdenes surgieron pensadores como los dominicos Alberto Magno y Tomás de Aquino*, franciscanos como Duns Scott y Buenaventura, además de muchos profesores de las nacientes universidades.

La enseñanza durante el Medievo

En el plano intelectual se verifica en el Año Mil un retroceso respecto del crecimiento de la época carolingia. El medio letrado, limitado a los estratos más altos de la sociedad eclesiástica, “tuvo un retroceso tal después de 860, que el uso de la escritura, ya fuertemente reducido, se perdió casi totalmente”. Los documentos escritos que se tienen de la época se reducen a los diplomas, títulos de transferencias inmuebles y otros similares, conservados en iglesias y monasterios. Para los monjes y los clérigos estos papeles revisten importancia por cuanto dan cuenta de los derechos de propiedad, prerrogativas, donaciones y pactos alcanzados, relativos a sus dominios y  establecimientos, ahora en pleno proceso de reformas. Refiere Duby que en la abadía de Cluny hay por la época mil cuatrocientos de estos documentos.298  Es así que las noticias que se tienen de entonces se deben casi con exclusividad a los escribas e historiadores formados en los monasterios, algunos en calidad de laicos pero la mayoría con estado religioso.299  Vale como ejemplo el recorrido de Gerberto, “el más sabio de los hombres de su tiempo”, quien es educado desde la infancia en una escuela monástica en Aurillac, donde aprende gramática, para luego continuar estudiando las artes liberales ‒matemáticas y lógica‒ en escuelas episcopales. Ya adulto dirige una de estas escuelas en Reims, y se aboca a formar una biblioteca encargando copias de manuscritos a distintos monasterios. Será luego arzobispo de esa diócesis y más tarde de Ravena, deviniendo finalmente papa con el nombre de Silvestre II.300

Como se aprecia en el recorrido de Gerberto de Aurillac, durante el Medievo existen dos tipos de escuelas, las monásticas y las obispales. Las primeras están en principio destinadas a los novicios internos, pero aceptan a los religiosos seglares, así como los hijos de la nobleza y de las nacientes burguesías. Por lo común brindan conocimientos elementales, de manera consecuente con su origen: enseñar la lectoescritura a los niños y campesinos analfabetos que se inician en la vida monástica. Hay sin embargo en los monasterios escuelas que brindan conocimientos superiores ‒Montecasino y San Félix de Bolonia en Italia, Bec en Normandía, Sainte-Geneviève y Saint Victor en París‒ aunque su nivel académico se vio reducido con las reformas ascéticas del siglo IX. Por su parte, las escuelas obispales o catedralicias fueron promovidas durante el imperio carolingio de modo que cada sede contara al menos con una de ellas. En Francia, las de mayor renombre fueron las de Lyon, Reims, Orleáns, Tours, Chartres y  París.  En esta última ciudad el desarrollo de las escuelas se concentró en la rive gauche del Sena, alrededor de las abadías de Sainte Geneviève y de Saint Victor, dando origen al barrio latino por alusión a los latines que ahí se enseñaban. En el curso del siglo xii el centro de gravedad de la educación pasa de los monasterios a las escuelas catedrales, produciendo una educación secular más acorde con las necesidades de la sociedad urbana.301

De modo que a la salida del Medioevo, las escuelas episcopales se alzan por el nivel de sus estudios por encima de las escuelas de los monasterios, cuyo retorno al ascetismo de principios del siglo IX los había restringido, como en Cluny por ejemplo, que sin embargo se mantiene como un centro de referencia de la actividad intelectual. La escuela monástica difiere de la episcopal en que no incluye el estudio de la dialéctica ni de la retórica, artes indebidas por estar destinadas a la elocuencia y la persuasión; tampoco se enseña poesía ni letras profanas; los estudios se centran en el latín y en la ciencia musical, todo bajo el supuesto que el monje no llega a la verdad mediante la inteligencia, sino por el amor y la práctica de las virtudes. A pesar de ello “algunos monasterios adquirieron particular relieve y fueron centros importantísimos de la vida de la época”, legándonos los anales donde se tiene noticia de los principales hechos de la vida de entonces.  

Para ambos tipos de escuelas el estudio de la Historia y de los Libros resulta importante como camino de exégesis, de manera de llegar “por lo visible a lo invisible”, tal como lo formulara san Pablo.302  Donde sí se destacan los monasterios es en las prácticas médicas tal como se observa en la planta tipificada de la abadía Sankt Gallen, que muestra un herbario medicinal y una sala de sangrías.

“… dieciséis plantas constituían lo esencial de la farmacopea y se cultivaban en los jardines (el lirio, la salvia, la lunaria, la rosa, el berro, el comino, el hinojo, la menta, el heno griego, la ajedrea, la ruda, el poleo, el tanaceto, la alheña, la habichuela y el guisante). Por otra parte la posología se tomaba de los libros de medicina griega y de las obras de Hipócrates, Galeno e Isidoro de Sevilla. Algunas operaciones quirúrgicas, como la sangría mensual de los monjes y canónigos se confiaba a los clérigos subalternos…”     

Agrega Jacques Attali que a partir del siglo VIII los monjes se habían ganado fama de terapeutas y sus prácticas habían comenzado a trascender los muros. No sólo recurrían a ellos las gentes del lugar y de los campos y ciudades vecinas, sino que prestaban servicios a los poderosos de las cortes.303

Surgen las universidades

El surgimiento de la Universidad es evidencia del triunfo de la enseñanza seglar sobre la regular ‒monástica‒ y, un paso más allá, de las corporaciones laicas por sobre las religiosas. Sin embargo, para que ese surgimiento ocurriera se requirió del trabajo previo de los traductores y copistas que en las abadías dedicaban sus jornadas a Dios reproduciendo pergaminos. La aparición de la institución universitaria es entonces, en un sentido, el resultado de la apertura y laicización del saber reproducido en el scriptorium y acopiado en la biblioteca de los monasterios. Un primer momento de apertura de ese saber ‒con el consecuente aumento de la actividad de reproducción y archivo‒ se había dado durante la época carolingia, sobre todo de la mano de los monjes cluniacenses y de los monasterios renanos. Aquello que en esos momentos había comenzado a recuperarse y circular fueron sobre todo los textos del antiguo derecho romano, como las Instituta de Justiniano, debido al interés que representaban para el funcionariado de los nuevos poderes políticos centralizadores, entonces emergentes. El surgimiento de la Universidad se liga así a la aparición de letrados con conocimientos jurídicos orientados a la justificación de la autoridad política. De manera consecuente, ya en el siglo XII se trabaja para separar al derecho de la religión. Bolonia, que cuenta con una escuela episcopal de artes y una escuela monástica dedicada al derecho canónico, posee maestros de renombre que atraen a no pocos estudiantes. En materia jurídica se destacan monjes como Irnerio y Graciano, el primero exhumando el derecho romano justinianeo, el segundo dedicado al estudio del derecho canónico. Junto a ellos se agrupan numerosos jóvenes provenientes de distintas comarcas. De a poco las actividades de recopilación y copiado va pasando a manos de los estudiantes. Por la época, y siguiendo el modelo de las corporaciones que se creaban en las ciudades en torno a una misma labor, los estudiantes de Bolonia se organizan en hermandades ‒también denominadas universitates‒ con el objeto de brindarse asistencia mutua y defender sus intereses.  Como lo expresa Romero,

“…el trabajo constituía para los grupos burgueses la forma normal de la existencia, y el lugar natural de cada uno era la corporación o gremio a que estaba adscripto. Porque la burguesía nació en la ciudades, y mantuvo siempre el sentido de la convivencia estrecha y sometida al mutuo control”.304    

En el marco de las disputas de Francisco I contra el papado ‒que había incluso llegado hasta las armas‒ a principios del siglo XII el emperador respalda al gremio de los estudiantes, otorgándoles mediante la carta Authentica Habita el reconocimiento oficial o facultad para estudiar y transmitir los conocimientos jurídicos. Con lo cual los estudiantes laicos alcanzan un estatuto similar al de los clérigos canonistas, beneficiarios de la protección de la Iglesia. Surge así en Occidente la primera universidad, bajo el nombre de Universitas Scholarium Bononiensis.305  Por su parte, en el París de finales del siglo XII y principios del XIII, los maestros y estudiantes se benefician de la protección religiosa, pues poseen el estatus de canónigos, aunque ya en estos momentos se observan en ellos altos grados de laicidad.  

En términos generales, a partir del siglo XII las ciudades catedralicias comienzan a llenarse de estudiantes que concurren sobre todo a las escuelas episcopales. A diferencia de las monásticas, donde impera el orden de la institución, por lo común las catedralicias consisten en la simple reunión de un grupo de estudiantes sentados en el suelo o donde puedan, alrededor de un maestro notable. Los jóvenes, provenientes de ciudades menores, villas rurales y países extranjeros, se alojan en cuartos rentados y pensiones improvisadas, y en no pocas ocasiones perturban la vida urbana con juergas, borracheras y peleas con comerciantes y vecinos. Se plantea entonces la necesidad de establecer algún orden.306  Citando a Philippe Ariès, Dussel y Caruso ‒ investigadores argentinos‒ explican que a partir del siglo XIV las pensiones más o menos improvisadas donde se albergan los estudiantes, se van transformando paulatinamente en internados por impulso de las autoridades religiosas.

“Se propuso […] obligarlos a una especie de conducción de sus vidas que los protegiera de las tentaciones del mundo exterior. Así se los sometió a una vida comunitaria que estuvo determinada por el espíritu de una praxis religiosa y que fue asegurada a través de estatutos duraderos”.307 

Vida comunitaria, prácticas de estilo religioso, reglas estables, a poco de surgir por fuera de los muros la Universidad adquiere la forma del monasterio. Dice Foucault al respecto que “el modelo de convento se impone poco a poco; el internado aparece como el régimen de educación si no más frecuente, al menos el más perfecto”.308

 

Una matriz institucional

  1. La cristianización del Occidente se vio favorecida por la permanencia de la cultura romana y de la fe de Cristo en las nuevas estructuras de poder, en virtud del reacomodamiento de las elites del imperio vencido. Esta situación le permitió a la iglesia seglar tejer pacientemente sus hilos en el entramado político, ganando así  terreno en la ciudad terrestre para realizar en ella el proyecto celeste, según el planteo agustiniano.309  Se trata en estos momentos de una iglesia seglar impregnada de los principios monacales de la teología de padres como Basilio, Casiano, Casiodoro y Jerónimo, además de Agustín. Pues ya desde la temprana Edad Media se había producido una aproximación entre ambas formas de la fe. La Iglesia episcopal había acusado recibo del desafío ascético, asumiéndolo, mientras que las órdenes monásticas habían comenzado a abandonar la contemplación intramuros para influir en el siglo mediante el ejemplo, la vocación de servicio y el pastorado.
  2. El terreno que así recuperaba la Iglesia penetrando en las estructuras políticas de los pueblos germanos ‒como ya lo había hecho con el imperio romano‒, los monjes lo tenían bastante asegurado en sus limitadas pero pujantes parcelas. Como se demuestra bien con los monasterios de Pacomio ‒el ex soldado egipcio que fundó esas factorías disciplinarias en el desierto de Escete‒ la renuncia al mundo y el rechazo al poder de los ascetas solitarios, ya desde los inicios había dado lugar a un contrapoder cuyo primer testigo alarmado fue la propia iglesia episcopal. En su capítulo occidental ese poder nacido de la contestación a los poderes ‒incluido el eclesial‒ fue cobrando una forma similar a la contestada a través de los grandes dominios abaciales devenidos señoríos y aún estados. Pero por otro lado siguió guardando su contenido sacrificial, heroico, que tanto impresionó a los laicos y que de a poco comenzó a permear en el ánimo de los hombres de guerra.
  3. El cristianismo se desplegó entonces en Occidente a través de la doble tarea de la iglesia seglar organizada en obispados y del cristianismo regular, regulado por sus propias instituciones y organizado en red. En su conjunto, ambas formas modelaron los supuestos morales del orden medioeval.  Pero la expresión mejor acabada de la moral occidental es la que se expresa en la ecuación monástica que a un mismo tiempo discrimina y ensambla conciencia común con conciencia individual. El proceso en el cual la fe del Mesías coloniza la conciencia de los pueblos germánicos encuentra un punto culmine en la creación del Sacro Imperio de Carlomagno, el cual reedita la entente religiosa imperial disuelta tras la caída de Roma. En este marco, cuando el funcionariado político eclesial carolingio decide ordenar la vida monástica, lo hace sin duda con la intención de ponerse a la cabeza de un poder rizomático que se le escapa por su irregularidad de regularse a sí mismo mediante sus propias instituciones. Pero cuando para ello se recurre a la regula benedicta, se está al mismo tiempo recuperando y valorando la capacidad socializante y disciplinaria de la cultura monacal. Como lo expresan Zurutuza y Botalla,310 en la oficialización del orden benedictino se hace presente el doble propósito de controlar a los monasterios y resocializar al pueblo con el recurso, precisamente, de la tecnología de los monjes. Como se vio, el ordenamiento de la vida intramuros se había sustentado en instituciones escritas, lo cual de rebote había impulsado una actividad escritural y una cultura letrada motivadas por la necesidad de contar con suficientes ejemplares para que cada uno leyera las reglas y los textos santos por sí mismo. Ahora, en tiempos del Sacro Imperio, a la par de uniformizarse a las distintas órdenes, se procede al ordenamiento de las costumbres de extramuros, por ejemplo organizando la vida de clérigos y canónicos seglares con reglas de corte monacal. Pero quizás tanto o más importante que esto sean la disposiciones carolingias tendientes a recuperar el efecto socializador que la lectoescritura había producido como beneficio secundario al interior de los conventos. Pues la letra ordena. Lo hace de por sí, en virtud de su propio orden, más acá de aquello que busque ordenar. Pero también el dispositivo de enseñanza de las letras organiza la relación social, mediante las posiciones instituidas que en su interior se juegan. Todo lo cual modifica costumbres, instituye hábitos y promueve la actividad reflexiva. Carlomagno ordena entonces que las sedes obispales y los establecimientos monásticos se aboquen al estudio y la enseñanza letrada.
  4. De igual manera la tipificación espacial de los monasterios que se establece durante la época carolingia supone, además de un gesto regulador, una revaloración de la cultura abacial. La estandarización de la planta edilicia es en este sentido el establecimiento de un orden donde se diferencian y articulan la actividad del oficio monacal y la vida comunitaria interna, así como la vinculación del monasterio con el exterior a través de la liturgia y la enseñanza, con espacios diferenciados para nobles y plebeyos.
  5. Hacia fines del primer milenio la desarticulación de la unidad imperial carolingia había arrastrado consigo al esplendor monástico. Pero con el Año Mil renace el protagonismo de las abadías. Lo hace con el llamado de los monjes a la austeridad y la penitencia como remedio para los temores apocalípticos, al cual responde la gente del campo, los burgos y la nobleza. El impasse del milenio es también la oportunidad para que la Iglesia episcopal despliegue su eficaz estrategia pacificadora instituyendo la abstinencia de la violencia entre los hombres de guerra, reinstaurando así una pax romana superadora de la anterior, pues no se logra empuñando armas sino enfundándolas.
  6. Ya en los albores de la Alta Edad Media se verifica una nueva traslación del orden monacal hacia el medio social a través de la conformación de fraternidades laicas. Algunas de ellas se constituyen en hospitales-albergue destinados en principio a los peregrinos a Tierra Santa, pero luego a los errantes en general. Su surgimiento supone un movimiento institucional donde la portería u hospedería monástica se desprende como establecimiento hospitalario diferenciado. Además, el orden conventual antes transferido a los grupos de clérigos y canónicos se extiende ahora a la vida en el burgo, expresión de lo cual son los gremios y las corporaciones, como la de estudiantes, que dará forma a las primeras universidades. Por su parte el movimiento canónico continúa en expansión a la par que asume reglas más perfectas que lo acercan aún más al modelo monacal.  
  7. Pero el lapso de mayor florecimiento de los monasterios es el que va del siglo X al XIII, momento en que pasan a constituirse en focos de la cultura intelectual, política y administrativa de la Europa medieval, de lo cual da cuenta la nueva arquitectura monumental de sus establecimientos. En este mismo período la política de la iglesia papal, que poco antes había logrado instituir la paz, produce un giro radical proponiéndose realizar la Jerusalén celeste por otros medios, esta vez militares: comienzan las Cruzadas. Respondiendo al llamado, el espíritu sacrificial del monaquismo ‒que no teme la muerte porque se considera ya cerca del cielo‒ se acopla en armonía con el similar espíritu de la tradición germánica que promete al guerrero heroico su ingreso al Walhalla de los elegidos. Los bellatores asumen el modelo monacal y los oratores el militar. Nacen así las órdenes militares que no por lo mismo dejan de ser hospitalarias. Este pasaje de técnicas de organización y subjetivación, desde la institución monástica a la militar, se conservará hasta nuestros días. Tal vez más relevante resulte el hecho de que esa conservación permitirá la paulatina transferencia de tecnología monacal desde el ámbito castrense hacia las instituciones de seguridad interna ‒cuyo paradigma es la policía‒ pero también a otras de neto corte civil como la educación cívica y la producción fabril. Más aún lo es el pasaje ascendente de elementos de organización monástica ‒por la misma vía castrense‒ hacia la nobleza, y finalmente hacia las estructuras de la administración estatal en consonancia con la creciente centralización del poder.
  8. Con el decaimiento de la cultura monástica que acompañó la disolución del Sacro Imperio decayó también la cultura letrada impulsada por los scriptoria, bibliotecas y escuelas monásticas. Pero, aunque reducida, subsistía la fecunda idea de la política carolingia de creación de escuelas en catedrales y monasterios. La recuperación de esa cultura que comienza con el segundo milenio trae también consigo la recuperación de la actividad letrada, esta vez de mano de las escuelas catedrales, más cercanas a las necesidades de la vida urbana, pero beneficiarias de los conocimientos transcriptos y conservados en los monasterios. Sobre todo, los saberes relativos al orden jurídico, necesarios para fundamentar las disputas entre los poderes: los laicos entre sí, los religiosos también entre sí ‒seglares versus regulares‒ así como entre ambos órdenes. Son estas mismas disputas las que determinan la laicización del saber, originando universidades a partir de las corporaciones de estudiantes. Pero a poco de andar, por imperio de los mismos poderes y con el objeto de acotar la liberalidad de la vida estudiantil en las ciudades, la Universidad adquiere el orden conventual de los claustros.
  9. Si el surgimiento de las órdenes militares marcó un momento relevante en el movimiento transductivo de formas y contenidos de la institución monástica a la castrense, mayor relieve posee la aparición de las órdenes mendicantes de principios del siglo XIII. En el gesto que las origina no se observa la radical inversión de paz a guerra que supuso las apariciones del guerrero monje y del monje guerrero. Pero con la aparición de las órdenes mendicantes ‒franciscanos, dominicos, carmelitas, agustinos‒ se invierte la fórmula del aislamiento como vía de ascesis. Como se muestra con el caso de Francisco de Asís*, el monje renuncia a la ciudad en la ciudad misma, y busca su redención a través del semejante que camina descalzo en las calles no por vocación sino por carencia. Cuando el monaquismo mendicante se organiza como orden, sus establecimientos adquieren un diseño donde el adentro funciona como espacio de restauración, tanto para el monje como para el laico. El fraile recupera ahí la armonía y soledad que le permite reencontrarse consigo, y en su  mismidad con su Dios, mientras que el laico halla en los claustros que lo acogen la ocasión de educarse, curarse, hospedarse, a la vez que de encontrar al Dios que lo guiará al encuentro consigo mismo.  Este nuevo destino que se le otorga al establecimiento monástico implica un rediseño de su planta en función de la entrada y salida de poblaciones laicas, pues ya no representa tanto un territorio de excepción cuanto un momento de la vida ciudadana. El nuevo diseño institucional funcionará como matriz de las futuras instituciones laicas de la cultura occidental.    

 

 

 

 

 

 

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0:51hs, 5 de Septiembre de 2013 (GMT)