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Los pasos de Ulloa

Cristián Varela

Diciembre 2003

Contribución a la obra colectiva en homenaje a los ochenta años de vida de Fernando Ulloa.


Los pasos de Ulloa

Cristián Varela

El contagio

 

En sus últimos escritos, Nietzsche plantea que cuando se encuentra en estado de gestar una idea presta especial atención a lo que consume, al clima del que se rodea, al aire que respira y a todo aquello que lee. Tal como la mujer embarazada que evita la influencia de lo que pueda alterar su estado, él se cuida de todo lo “extraño que pueda escalar secretamente la pared” y distraerlo de la relación consigo mismo (1908; 41). De lo que Nietzsche se previene –prevención que contribuye a hacerlo tan inteligente, según confiesa– es de la influencia que sobre el ánimo, sobre el espíritu, ejerce lo otro; no el otro sino lo otro inanimado. Influencia que resulta a la vez cierta y a la vez indeterminada: no podemos negar por ejemplo que el clima afecta nuestro ánimo, pero tampoco podemos afirmar que existe una sobredeterminación de la meteorología en los procesos subjetivos.

 

El término “clima” posee por vía de su raíz kliné un origen relativo a la física y al espacio según nos enseñan Ulloa (1995) y Corominas (1961). El origen etimológico proviene del conocimiento que los antiguos tenían respecto de la relación entre los cambios climáticos y la inclinación relativa de los astros. Recurriendo al mismo término, Ulloa plantea que el clima de una reunión grupal se desprende de las condiciones físicas en las cuales se desarrolla. Esta es una afirmación que a primera vista parece bastante evidente y que a ningún anfitrión se le escapa a la hora de preparar una recepción, pero al mismo tiempo es el modo más simple en que se presenta en Ulloa la idea de que existen vinculaciones –que suelen pasar desapercibidas– entre las disposiciones materiales y las disposiciones anímicas.

 

No sabemos qué línea causal se tiende entre el sentimiento crepuscular a la caída del sol –ese ánimo que nos invade a la hora del ángelus– y la propia inclinación del astro; no es sencillo determinar el tipo de relación que se establece entre las condiciones materiales y los sentimientos subjetivos en cada situación dada. Pero sabemos, ante todo por experiencia e intuición, que tales relaciones existen; las tomamos por ciertas porque suelen verificarse en la realidad, aunque las aceptamos como indeterminadas porque no alcanzamos a atribuirles una causalidad más o menos lineal. Consecuente con su filiación clínica, Ulloa denomina a este tipo de relaciones como de contagio: sostiene que las instituciones se contagian del objeto del cual se ocupan o, para ser más precisos, de los atributos de ese objeto. Cita el ejemplo de los profesionales de instituciones asistenciales que se pauperizan anímicamente por contaminación con las poblaciones carentes que atienden. Lo mismo es aplicable a las docentes de nivel pre-escolar que contraen el modismo del diminutivo y lo trasladan al trato con adultos.

 

Existe además otro contagio, más fácil de comprender, esta vez con el entorno social. A la manera de la idea de Pichón Rivière según la cual el contexto social se vuelve texto de la reunión grupal, sostiene Ulloa que la institución refleja el entorno dramatizándolo, actuándolo sin conciencia de estar haciéndolo. Este tipo de contagio se comprende sin dificultad porque es evidente que existe una continuidad social entre la institución y su medio, ya que la institución es metáfora de la sociedad, es un campo de condensación de lo social, es otro estado de la misma materia.

 

Una tercer forma de contagio es con el trabajo, con la herramienta o técnica que se utiliza para realizar el trabajo institucional. Este tipo de contaminación tampoco es difícil de entender desde que se sabe que el modo de producción sobredetermina el modo de relación, que el lazo social está mediatizado por la manera en que los hombres se relacionan con la naturaleza no humana. Aplicado al campo de la institución esto significa que ahí las relaciones no se dan entre personas sino entre actores sociales o sujetos institucionales, categorías estas últimas que están determinadas por lo que la gente hace y por el lugar que en consecuencia ocupa en la institución. Este hacer y este estar tienden a adquirir el estatuto de un ser (soy instrumentadora, soy supervisor...) cuando el rol se impone sobre la persona y en tanto la institución coloniza al sujeto. Pero es por sobre todo en el ser entre, en la intersubjetividad, donde repercute o se verifica la mediación del instrumento en el lazo social: las relaciones entre docentes difieren de las relaciones entre policías, así como aquellas relaciones entre hombres de a caballo difieren de las actuales entre operarios industriales. Tal como Marx lo señala respecto de los modos de producción históricos, los sujetos en la institución se vinculan entre sí aferrados imaginariamente a la técnica de la que se valen para trabajar.

 

Para denominar estos procesos Ulloa recurre a un término médico, pero que también es una categoría de la psicología social pre-freudiana, término que Freud sustituye por el concepto de identificación. En mucho, su noción de contagio se asimila a la identificación freudiana, salvo en el punto en que el objeto del contagio no es un otro sino algo otro. En tanto este algo sea el atributo de una persona (su pobreza o carencia) contagio e identificación constituyen un mismo proceso; cuando el objeto de contagio pasa a ser unacosa se trata de un proceso análogo, pero se aproxima más a una lógica de la sobredeterminación material [1]

 

Finalmente, hay un cuarto tipo de contagio que responde a una lógica distinta y que no resulta tan sencillo de entender, Ulloa lo expresa diciendo que “la comunidad de una institución dramatiza (...) las características de ese oscuro objeto de trabajo que es una institución” (1995: 90). ¿Qué significa que la institución es un trabajo, que ese trabajo es oscuro, y que la comunidad se contamina de la institución a la que pertenece? Estas preguntas requieren abrir un paréntesis explicativo.

 

Una teoría social de la subjetividad

 

Para decirlo brevemente, Ulloa trabajó siempre con instituciones pero nunca construyó la teoría de su práctica, menos aún adscribió a teorías institucionales ya elaboradas. Se forjó, sí, sus propias nociones instrumentales a la manera del artesano:encerrona trágicamortificaciónsíndrome de violencia institucionalseguridad psicológica, el estar psicoanalítico, etc. Cuando intentó dar cuenta por escrito de esa práctica –como esbozo de una teoría– confiesa que no logró “un libro que piensa lo institucional desde el psicoanálisis, sino un trabajo que piensa el psicoanálisis desde la práctica con la numerosidad social” (1995:12). Numerosidad social y comunidades institucionales (o instituidas) son los términos con los que prefiere denominar lo que otros denominamos instituciones. Este gesto de poner el acento en el sujeto colectivo antes que en la institución supone un paso lógico: recortar en calidad de objeto particular a los sujetos de la institución, distinto del objeto institución en sí.

 

El objeto del que Ulloa se ocupa no es la institución, sino los sujetos de la institución. Esta elección es consecuente con aquel intento teórico de agregar psicoanálisis a lo institucional, para terminar de retorno –de manera algo fallida, según reconoce– agregando lo social al psicoanálisis. Pues aún trabajando lo institucional no puede sino permanecer oestar psicoanalista. Si para operar en instituciones le alcanza con una teoría de la subjetividad (lo cual es evidente) es porque pisa en ella con paso firme, con una postura donde “lo inconsciente no es territorio de la interioridad sino acción expresiva y expansiva sobredeterminada por el contexto”. Cuenta entonces con una teoría social de la subjetividad o, lo que es lo mismo, sabe entender al psicoanálisis como una teoría del “sujeto que es siempre sujeto social” (1995:157). Aunque no diga expresamente que se es sujeto (social) por mediación de la institución, plantea eso mismo cuando se refiere a la ternura como a una institución. En el maternaje primario las pulsiones del sujeto infantil son coartadas en sus fines, al tiempo que se verifican como inhibidas las propias pulsiones de la madre. La ternura opera así como lenguaje del cuerpo que funda al sujeto y abre las puertas para la inscripción de las demás instituciones de la cultura.

 

Ahora bien, todo esto ocurre silenciosamente, sucede como yendo de suyo. Frente al espectáculo de una madre en actitud tierna con su crío a nadie se le ocurriría señalar: “he ahí una institución”, antes bien se tendería a hablar de instinto materno. Ulloa entiende a la ternura como una institución casi instintiva, fácilmente confundible con la naturaleza. En esto consiste el trabajo oscuro de la institución. Su secreto reside en la opacidad de su trabajo;  tal como ocurre con los mitos, esa es la clave de su eficacia. La dimensión más cierta de la institución es aquella menos perceptible, es la que se oculta en la impresión de inmediatez que brindan las acciones humanas cuando se efectúan como si no existiera mediación entre el actor y la acción, entre el sujeto y lo que éste objetiva. La existencia verdadera de la institución no es la que se muestra sino la que se pierde, como se pierde el espesor semántico donde se produce la mitificación; pues quien está en el mito está en la realidad, en su realidad, sin reconocer distancia alguna entre la realidad en que cree y la realidad que es (Barthes: 1957). Las instituciones son eficaces en tanto son realizadas, actualizadas, por sujetos (sociales) que las efectúan sin conciencia de estar haciéndolo. La oscuridad y la inmediatez se producen porque la subjetividad está instituida, matriciada, por la cultura y por el lenguaje. De manera que, por así decirlo, la institución ingresa en el sujeto en forma inconsciente para luego egresar de igual modo: la conciencia queda aquí de lado. A la vez exterior e interior, la institución tiene un estatuto bifronte, moebiano, es exteriorizada por estar interiorizada, y viceversa. A la vez anterior y posterior, la institución es atemporal, antecede a la conciencia, pues es quien la causa; también la antecede cuando la institución es causada por los sujetos sin que la conciencia lo aperciba; luego cuando el sujeto se encuentra con las instituciones lo vive en su conciencia como una secuencia temporal (la escuela después de la familia, el trabajo después de la escuela). Ubicuo y omnisciente, el hecho institucional opera más allá de la conciencia. Se comprende entonces a qué se refiere Ulloa cuando habla de la oscuridad del trabajo de la institución. Por supuesto nada de lo dicho no excluye la posibilidad de que la institución sea causada, producida, por la conciencia lúcida e instituyente de los sujetos. Pero este aspecto no es lo que constituye problema ni convoca a los analistas institucionales.

 

De manera que, congregada una numerosidad social en función de una tarea, la institución en lo que tiene de opaca, adviene per se.  Ulloa dice que se generan normas espontáneas, lo cual responde al indefectible proceso de institucionalización que se realiza más allá de la conciencia subjetiva y colectiva. Ahora bien, en este punto no hay todavía contagio, sólo realización, sólo generación de un objeto institución, identificable como tal si se lo sabe distinguir; objeto que a la vez resulta indiscernible –o al menos difícil de separar–  de las subjetividades constituyentes. Esto es así hasta que en un momento, como en algunos procesos físico–químicos, una solución se condensa haciendo que un objeto se recorte por sí mismo. Pero en el proceso de institucionalización el objeto que emerge se separa de la materia constituyente y se transforma en una realidad instituidaEl trabajo de la institución es entonces el proceso de institucionalización que opera por sí mismo de manera autopoiética y cuyo producto es lo instituido[2].

 

La tercer pregunta planteada más arriba refería a cómo ese producido se vuelca sobre sus productores, contaminándolos. La respuesta está en la ruptura que ocurre cuando en el proceso de institucionalización lo instituido se separa como un producto cuya producción se desconoce. Y un paso más allá, la separación adquiere características de enajenación cuando los sujetos de la institución no se reconocen como productores de lo que se instituye. De esta manera lo instituido aparece como instituido per se. La situación inversa, no alienante, se ejemplifica bien con la producción artística o literaria, donde el producto material que se separa guarda las huellas de su productor. En las instituciones la misma situación ocurre cuando lo más denso de la materialidad soporta y refleja el nivel sutil de las personas”, pues también aquí puede decirse que la organización material adquiere y conserva la impronta de los sujetos. Se está entonces ante la presencia de la acción instituyente volcada sobre lo instituido, lo cual en términos de una clínica institucional es signo de salud, de vitalidad. Lo crítico, lo trágico, es cuando lo instituido pasa a constituirse como un problema, como realidad que pesa, “cuando la institución no refleja el nivel de la subjetividad, el nivel del estilo de quienes la habitan, y prevalece el corpus instituido” (1995: 108). Es decir, cuando la institución cobra autonomía y se enajena respecto de la actividad subjetiva instituyente, dando lugar a la alineación entendida en términos de una teoría de la institución. Este es el punto en el que se da  la contaminación. El último tipo de contagio ocurre cuando las subjetividades de la comunidad institucional se ven atrapadas en los moldes de formas instituidas, de manera que los sujetos se ven inercialmente compelidos a asumir los roles establecidos en esas formas. Caen trágicamente a ocupar lugares en un juego de posiciones, que les son extrañas porque forman parte de una realidad escindida, pero que les son propias porque se constituyeron a través de ellos (con ellos y en ellos). Pues ese instituido se formó con la materia social e inconsciente que ellos portan y aportan. Como en los cuadros de stress, los sujetos se contaminan de la misma toxina que segregan, desconociendo la procedencia del mal que los aqueja.

 

Continuum

 

Los contagios –las implicaciones institucionales– representan uno de los varios tipos de procesos que Ulloa trabaja. En términos generales, sus procesos se desarrollan por contigüidad, operan paso a paso. Entre un paso y otro se produce un pasaje, término que debe entenderse en dos sentidos: hay transferencia y hay transformación; transferencia en el sentido de pasaje de información y transformación en el sentido de pasaje de estado. En su decurso un proceso conforma un “continuum metonímico”, lo que significa que hay deslizamiento de sentido y que lo que procede continúa y a la vez se diferencia de lo que antecede (1995: 160).

 

La apelación que hace Ulloa a un término semiológico se debe a que el proceso metonímico ejemplifica bien la situación. En la cadena metonímica la información se traslada término a término; pero en el pasaje de uno a otro la información va sufriendo transformaciones, hasta que en un momento se produce la ruptura y el sentido cambia. Emerge un sentido nuevo que parece no guardar continuidad con lo anterior, sin embargo es un producto de esa misma cadena. Algo similar ocurre con el proceso de institucionalización, en el cual se puede observar cómo una práctica concreta deviene en una forma cristalizada de hacer las cosas; hay aquí una continuidad entre el hacer práctico y el rol instituido, entre el hacer espontáneo del líder que “define la situación y organiza la acción”, y su devenir cristalizado en líder que define y organiza lo que debe hacerse. Pero al mismo tiempo hay una diferencia, pues no es lo mismo ser uno más del grupo –encarnando circunstancialmente el rol de líder de la tarea– y ser el líder que dirige al grupo: hay cambio de sentido y cambio de estado. También ocurre un proceso semejante en la transformación en lo contrario de la que habla Freud, la cual opera a la manera de una metáfora por oposición donde se invierte el sentido; en este mecanismo, se produce al mismo tiempo una inversión en el contenido material, pulsional (amor en odio). Los ejemplos son más claros cuando se trata de procesos netamente físicos donde un mismo elemento puede transitar distintos estados: sólido, líquido, gaseoso; y donde el cambio de apariencia favorece la pérdida de conciencia de la continuidad y sus determinaciones.

 

Pero sabemos que en todos estos casos no se trata de procesos lineales simples; en cada uno de ellos se puede observar la presencia de otra línea o cadena que influye o determina los cambios de sentido y estado: la política y el poder en el caso del grupo, otra cadena significante en la metáfora, lo reprimido en el psiquismo, temperatura y presión en lo físico. De la misma manera en la realidad social –y en el mundo real– operan procesos cuya complejidad excede las explicaciones que se pueda dar de ellos; complejidad que también alcanza al hecho de que los fenómenos físicos, psíquicos, semánticos (por circunscribirnos sólo a ellos) se hallan recíprocamente implicados, entrelazados y combinados entre sí. Ser psicoanalista a cielo abierto, por fuera de los reparos del dispositivo clínico, y por fuera del cernidor que el artificio implica, supone inevitablemente habérselas con esa imbricación de procesos de diferente naturaleza y con la imposibilidad –o al menos considerable dificultad– de discernirlos acabadamente. Esto es lo que Ulloa intuyó y descubrió casi desde los inicios de su carrera, y es por eso que la manera en que concibe y con que opera en esos procesos –la manera en que concibe las relaciones entre sujetos, con la realidad social y con la realidad material– no se circunscriben al campo representacional, sino que comprende otras sobredeterminaciones. La realidad con la que se trabaja cuando se interviene en instituciones es una realidad que se explica según lógicas semánticas, psíquicas y también materiales o concretas (sin estar nombrando todas). Si Ulloa habla en términos de un “continuum” es porque sabe o intuye –por baquía y veteranía como suele decir– la existencia de procesos que se tienden a lo largo entre la materia inorgánica, lo orgánico vital y lo humano, procesos que además se cruzan entre ellos. Si a ese continuumlo denomina metonímico es porque les reconoce –por iguales razones– una lógica similar a la del lenguaje.

 

Estar psicoanalista

 

Aquello que existe en la sociedad y en el psiquismo –también en la naturaleza– existe potencialmente en la institución, dicho esto en el doble sentido de una existencia posible y de una existencia en estado potencial, susceptible de actualizarse; de modo que la institución es un campo de condensación de procesos múltiples de naturaleza heterogénea. La concentración que implica el encierro institucional[3] lleva a que se combinen entre sí realidades en principio extrañas; muchas veces las crisis institucionales son producto de la coexistencia de realidades heterogéneas; pero a la vez son intentos de solución para esa Babel (Ulloa dixit) de mundos distintos. En estas situaciones lo extraño ha escalado secretamente la pared de la institución por efecto de alguna continuidad metonímica; no solamente ha trascendido los muros exteriores, sino también los que lindan con la interioridad inconsciente. Se produce así, en un campo que guardaba una relativa coherencia –o que había logrado un acuerdo relativamente eficaz entre lo heterogéneo–, una condensación en donde se agregan procesos extraños a la condensación propia del proceso de institucionalización.

 

El campo institucional donde eso ocurre se encuentra ahora en un estado distinto respecto de lo que para esa comunidad era conocido y poseía sentido. Las metáforas institucionales –o la institución como metáfora– han caído, no alcanzan ya para dar cuenta de lo que ahí ocurre. Esa crisis sin embargo posee una lógica,  pero esa lógica escapa a la conciencia de quienes la viven: no saben qué les pasa; o mejor dicho, no saben por qué les pasa lo que les pasa, el campo es denso pero la sensación es de desierto. Hay condensación, pero en estado inestable; o hay condensaciones que no cuajan entre sí. No hay relato o expresión metafórica coherente, sino una realidad que carece de representación subjetiva: se la vive por lo tanto como tragedia, dice Ulloa, por carecer de expresión dramática. Por así decirlo, se la actúa sin libreto y por eso se la vive de manera caótica.

 

En este punto es donde opera la eficacia del aforismo. Los aforismos de Ulloa operan delimitando un espacio, escrituran un campo sin escritura, son letra. Pero como letra, como argumento, encuentran su inspiración en el propio campo (la inspiración como producto de lo que se inspira). El analista se inspira con los analizadores que surgen en el propio campo; él está ahí para leer en su propia subjetividad lo que ocurre en la comunidad instituida que lo convoca como interviniente. Se trata aquí de aquella idea de Bleger (1971) sobre la contratransferencia aportando información sobre el campo, a lo que Ulloa agregaría: “aunque no haya transferencia”, porque sabe que algo se transfiere aunque no se trate de la clásica transferencia analítica. En esto consiste su estar psicoanalista.

 

Así entendida, la transferencia es otra de las formas que adquieren los procesos de Ulloa. En ella hay pasaje de afecto que afecta al analista, quien entonces puede analizar en sí lo que ocurre en el campo. Si este proceso no implica contagio es porque el analista se abstiene; si no lo hace, termina comprando a la institución o comprado por ella[4]. Pero entre la abstinencia y el contagio hay una tercera alternativa consistente en la pertinenciapor parte del analista, término que Ulloa toma de Pichón Rivière para indicar que debe haber compenetración respecto del hacer de la institución que se analiza, vale decir, implicación crítica con su materialidad, con su trabajo. La regla de la pertinencia resulta complementaria de la regla de abstinencia, pues circunscripto sólo a esta última el analista corre el riesgo de concebir a la institución únicamente como un relato, y de psicologizar el campo interpretándolo por referencia a su propio campo psicoanalítico. Por oposición, puesto en actitud pertinente podrá captar los analizadores que ocurren en el campo –que regulan y empalidecen útilmente la función del analista, dice Ulloa– como material a aforar.

 

 


Bibliografía de referencia

 

Barthes, R. (1957), Mitologías, México, Siglo XXI, 1986.

Bleger, J., Temas de psicología, Bs. As., Nueva Visión, 1971.

Corominas, J., (1961) Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, Madrid, Gredos, 1997.

Evans-Pritchard, E. (1956) La religión nuer, Madrid, Taurus, 1980.

Freud, S., (1921) Psicología de las masas y análisis del yo, O. C. t. III, Madrid, Biblioteca Nueva, 1945.

Lourau, R., (1970), El Análisis institucional, Bs. As., Amorrortu, 1975.

Lourau, R., (1978) El estado y el inconsciente, Barcelona, Kairos, (1980).

Nietzsche, F., (1908) Ecce homo, Alianza, Bs. As., 1996.

Ulloa, F., Novela clínica psicoanalítica, Bs. As., Paidós, 1995.

Ulloa, F., Enfoque metapsicológico de la crueldad como disposición latente en todo sujeto: (“Matar con la indiferencia”), en “El ensayo como clínica”, M. Percia comp., Bs. As., Lugar Ed., 2001.

Varela C., La obra de René Lourau, en R. Lourau, “Libertad de movimientos”Bs. As., Eudeba, 2001.

 

 



[1] Sin embargo algunos antropólogos se atreven a extender el concepto de identificación a la relación de algunos pueblos neolíticos con los animales que domestican y de los que dependen. (cf. Evans-Pritchard 1956).

[2] Este proceso es el que a Lourau preocupaba de manera particular y se encuentra en el origen de la corriente del Análisis Institucional que él desarrolla (cf. Varela 2001).

[3] De la condensación a la concentración: otro mérito de Ulloa reside en decir, como si dijera casi nada, que en cualquier institución de la vuelta de la esquina se puede estar viviendo como clima un campo de concentración (cf.: el síndrome de violencia institucional).

[4] Ulloa (1995) refiere el caso de la analista que terminó siendo propietaria de la institución educativa que la había solicitado como interviniente.

 

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15:37hs, 30 de Enero de 2012 (GMT)